Y ahora iniciemos un viaje. Les ruego que me acompañen.
Con pasitos cortos y decididos nos situamos al borde del trampolín. Tres saltos acompasados sobre la flexible tabla y nos dejamos caer. De cabeza y en picado. Durante unos instantes caemos, solo caemos. Uniformemente acelerados, caemos. De pronto, deprisa. Sentimos el chasquido del agua contra nuestros parietales. Ruido: el último que oiremos. Frio. Seguimos descendiendo. Nos hundimos, como una flecha, cabezabajo.
A partir de aquí el Tiempo parece detenido, se pierden las referencias, se apagan los colores y vamos dejando atrás la luz. Cada vez más y más profundidad. Ya no vemos nada. El Sol jamás alcanzó estos parajes. Una gélida oscuridad nos ha envuelto pero no estamos solos. Extrañas criaturas habitan allí. Notamos su presencia, sentimos sus movimientos alrededor. Se presienten amorfas, grotescas, hijas deformes de enloquecidas pesadillas febriles.
|